
El comienzo es el mismo de siempre. Unos vasos de Whisky de más en la barra. Música por todos lados en aquella fiesta de aniversario y de repente tu silueta se dibuja ante mí. Nadie me enseño a mirar más allá de las señales de humo que exhalas consumiendo el cigarrillo, pero si se reconocer las miradas de un corazón deshabitado, tratando de esconder la tristeza, tras una mascara de codeína, nicotina y alcohol. Mezcla peligrosa, pienso, mientras apuras inconcientemente los sorbos de tu trago. Me dejo llevar por la seguridad atrevida y engañosa que te dan muchos vasos de whisky. Pienso. Respiro. Entonces empezamos a bailar esa música que nunca escucho ni presto atención y que tocaba aquella orquesta de moda. Hasta que dejan de sonar las canciones. Las luces se apagan, la magia se desvanece entre el humo y la gente, todo se desvanece. Y otra ves estamos en la barra. Solo tú. Solo yo. Rompo tus mordazas y las mías. Una conversación amena, en el lugar preciso, mientras se derrite el hielo de los vasos. Me pongo de pie. Notas mi dificultad al levantarme y orientarme, entonces sonríes. Porque tú la padeces también. Sacudes tus melancolías y yo mis nostalgias. Las miradas se cruzan, los labios se tocan y nuestros cuerpos torpes se desean.
A la mañana siguiente: una habitación de hotel, que solo tú y yo podíamos habitar. Botellas vacías, colillas en los ceniceros y sabanas desechas. Resulto que estábamos de paso por esa noche. Dos balas perdidas fuera de toda geografía.
Y entonces la soledad fue solo un recuerdo vago en la memoria.
Solo por esa noche. Como tenia que ser.




