I
El Café
Aquella tarde pensé llevarle a aquel Café del centro de la ciudad. No fue un encuentro casual, quiero decir: una llamada, una hora y un lugar de por medio.
-¿Qué te gustaría tomar?- Le pregunte.
-Me prometiste un capuchino-
Sonreí, había olvidado por un momento que le había prometido invitarle un capuchino unos días antes y me sentí entupidísimo. Pedí un capuchino y una tasa de café para mi.
-¿Háblame de ti?- le pregunte
- que te gustaría que te diga-
- Cosas de ti, sorpréndeme-. Ella sonrió.
- Bueno, yo hablo mucho, ¡no sabes cuanto! Podría pasarme la tarde hablando sin darme cuanta-
-¿Si?
- ¡Si! me ha pasado varias veces que hablo, hablo y cuando me doy cuenta ya la hora se paso, creo que siempre tengo cosas en la cabeza que tengo necesidad de decir, sino me vuelvo loca- me dice mientras toma su capuchino.
- También me ha pasado que las horas han pasado rápidas en una conversación pero creo que también depende de la compañía ¿no crees?.
- Si, por supuesto, sino es una buena compañía me aburro- sonríe.
Aquella tarde las horas pasaron rápidas, muy rápidas nos dijimos demasiado en tan poco tiempo, teníamos tanto por decir:
-¿me regalas esa servilleta?-
Pretendo escribir unas líneas de dialogo antes que sea demasiado tarde. Regálame una sonrisa que empiece por tu boca y termine reflejada en tus labios. Las horas siguen pasando, las personas también. Hay una rosa que tome prestada y deje en tu bolso mientras arreglabas el cuello de tu blusa a rayas. Adivino las letras de tu nombre en el abecedario y me parece recién inventado. Intento mantener las manos ocupadas, me pones un poco nervioso.
– ¡Una tasa más de café por favor!-
-Te gusta mucho el café no? me dice mientras termina su capuchino.
-¡me encanta!, ¿te gustaría otro capuchino?- le pregunto
-¡Si!- me dice dejando la tasa sobre la mesa
-un capuchino para la señorita por favor-
¿Ya no ves el sol?, las luces de la tarde fueron reemplazadas por las farolas de aquel parque y el reloj de pared nos devuelve una hora que creemos equivocada y no nos queremos ir. A nuestro alrededor todos nos miran:
-reímos mucho ¿no?- me dice. Mis bromas tontas o alguna estupidez mía... pienso yo.
–Dime algo al oído, mientras espero el último café- le digo sin dejar de mirarla.
- ¿Sabes?, esta es una buena tarde- me dice mientras suelta disimuladamente una sonrisa y arma bolitas de servilleta que me tira como borbotones que caen en mi cuello. Haces que me enamore de la belleza de tu rostro, -pienso-. El Café esta cada vez más vacío, la música suena un poco fuerte y sólo quedamos tu y yo y muchas miradas inocentes y cómplices de por medio.
II
El Parque
Ya en el parque nos sentamos en una banca con vista a la pileta. No había mucha gente a nuestro alrededor, felizmente, las multitudes no me gustan. No hablamos mucho, quizás porque no teníamos mucho que decir, tan solo compartíamos un momento juntos y todo estaba bien, todo estaba muy bien... disfrutábamos tan solo de nuestra presencia, de nuestra compañía. Yo muy disimulado, logro poner mi brazo sobre su hombro, ella se inclino hacia mí, se echo en mi hombro, la tenia cerca, muy cerca, sentía su respiración cada cinco segundos, sentía su calor de treinta y seis grados. Y permanecimos sentados en aquella banca, sin nada que decir. Yo permanecí contando el tiempo para luego olvidarlo y volverlo a contar, sintiendo su respiración, sus latidos, diciéndome a mi mismo que ya la quería y en como no me había dado cuenta desde que momento empecé a hacerlo, recordando nuestros diálogos durante la tarde, la forma muy particular que tenia para contarme sus cosas.
Mas tarde una llamada a su teléfono celular nos interrumpió, tomo su bolso para sacar el teléfono. Descubrió la rosa que horas antes yo había dejado dentro de él sin que ella se diera cuenta, me miro y sonrió durante unos segundos, yo hice lo mismo, lo tomó con su mano muy tierna y delicadamente. Luego contesto el teléfono que volvía a sonar; era su madre que la llamaba para saber a que hora llegaría. Yo hice lo mió y me ofrecí a dejarla en su casa, ya pasaban más de las diez treinta. Caminamos durante algunos minutos, algunos comercios ya estaban cerrados. La ciudad de Lima a esta hora es muy brillante por las avenidas pero gris por las calles y se vuelven tristes y solas. Yo la tomaba de la mano y la tomaba del hombro en los cruces de calle y era muy feliz haciéndolo, fui muy feliz haciéndolo.
III
Taxi
Tomamos un taxi hasta su casa. Ya dentro de el observe como ella miraba la ciudad a través de la ventana, se recostó en mi hombro otra vez, viendo la ciudad, las calles las plazas, la gente caminando de un lugar a otro. La belleza de la vida se encuentra en todas partes, hasta en simplemente ver la ciudad –pensé-. Y empezó a sonar en la radio esta canción:
Quiero morir en tus brazos
coger tus encantos,
rodar en pedazos, decirles adiós.
Pero siempre a tu lado amor...
Quiero morir en tus brazos,
perderme en tus ojos,
volar hasta el cielo,
dejarme caer.
Pero siempre a tu lado amor...
A tu lado amor...
A tu lado amor...
(Cpam / A tu lado- Mar de Copas)
Y no se explicar porque, busqué sus ojos durante toda la canción, busque robarle una mirada más a todas las que ya le había robado. Fue un momento muy hermoso que duro tan solo unos minutos. Luego llegamos a su casa, nos miramos tristes. Como siempre el tiempo nunca esta de mi parte en esos momentos.
- Me gusto el capuchino- me dijo
Miró hacia abajo. Tome su mano, acerque mis labios lentamente a su rostro y le di un beso en la mejilla, sentí por ultima vez en la noche su respiración. Ella se puso roja, sonrió y me beso también. No nos dijimos nada más, las palabras sobraban, nuestros gestos lo decían todo. La vi alejarse hacia la puerta de su casa. La observe durante algunos segundos y la empecé a extrañar.
IV
En Casa
Llegué a casa alrededor de las doce de la media noche, divise la luz de la cocina que permanecía encendida, pensé que probablemente mi padre estaría ahí. Subí las escaleras y me dirigí al cuarto de mi abuela.
-Ya llegue Nona- Le dije a mi abuela que me miraba recostada en su cama.
-¿donde has estado? has tomado algo, ya es tarde- Me dijo con un gesto de preocupación.
-Si Nona no te preocupes, ¿tu como estas?-
- Ya estoy con sueño, ¿tu papá ha salido?
- No, esta en la cocina. Ya descansa, es tarde, pasan de las doce-
- Hasta mañana hijito- Me acerque y me dio un beso.
- Hasta mañana Nonita- Le di un beso en la frente, apague la luz y me retire de la habitación.
Baje las escaleras y me dirigí a la cocina a saludar a mi padre. Tomaba una manzanilla mientras escuchaba música. Luego me fui a mi cuarto a dormir, era temprano, teniendo en cuenta que suelo dormir a las dos de la mañana normalmente. Me senté al borde de la cama y empecé a pensar en que estaría haciendo ella, pensé por un momento en llamarla, aunque no tuviera mucho por decirle. Me levante y busque entre mis discos el de Mar de Copas donde se encontraba el tema que escuche en el taxi. No había podido apartar la melodía de mi cabeza ni un segundo, sentía la necesidad de escucharla una y otra vez. Pensaba en ella, tome mi cuaderno y le empecé a escribir:
Entre el Yo y el Tú no caben más pronombres.
Tú huella en la manija de todas las puertas,
tu voz como canción permanente en mis estaciones de radio,
tu como horizonte que prescindo mirar cuando abro los ojos...
tu respiración, tus latidos
y la esencia de tu olor,
tan dulce, tan censillo...
Deje mi lápiz sobre el velador, cerré mi cuaderno. Apague la lámpara. Me recosté en la cama, encendí mi discman, acerque los audífonos a mis oídos. Cerré los ojos y me quede pensando en como seria nuestro próximo encuentro, imaginando escenarios, pequeñas líneas de dialogo. Hasta quedar dormido, escuchando el disco de Mar de Copas.
V
Los días y sus sombras
Suena el teléfono celular. Me levante. Eran cerca de las ocho de la mañana, revise el registro de la llamada y vi su nombre en la pantalla a colores. Es una buena forma de empezar el día – pensé-. Sin dudarlo dos veces le escribí un mensaje:
“Prescindo verte el próximo fin de semana de nuevo. Me siento bien a tu lado.”
Deje el teléfono a un costado, me volví a recostar en la cama, dos minutos más tarde, volvió a sonar el teléfono celular. Era un mensaje de ella que decía:
“¿me acompañas a mirar la pileta este sábado a las seis? Yo invito los helados”
Era lunes y yo estaba demasiado ansioso por volverla a ver, que llegar al sábado, se hacia una eternidad. Yo había decidido no pensar mucho en ella por esos días. Pero ella ya era un vació que no podía llenar. A veces me pregunto si todos tienen esa misma forma de querer, esa misma forma de sentir un golpe en el pecho la ausencia, de extrañar como yo extraño. No la conocía demasiado, es cierto, pero sentía como si la conociera de siempre. Los días pasaron sin mucha novedad, regrese a mi vida monótona, llena de gente monótona. De mi casa al trabajo, del trabajo a mi casa, muy de vez en cuando caminar por las aceras de las calles y llegar a mi casa como siempre. Trate de pensar muy poco en el sábado y en ella también. Trate mas no significa que haya podido ¡ehh! . Nuestra comunicación se limito a timbradas a mi teléfono de su parte y algún mensaje de texto mío, buscando arrancarle una sonrisa a las dos de la mañana.
VI
Sábado
Me levante muy temprano aquel sábado, esto quiere decir por voluntad propia también. Por la mañana acompañe a un amigo a hacer unas compras en el centro comercial, y le hable un poco de ella, de cómo la conocí en aquel salón de la facultad y en como paso desapercibida en mi vida por tanto tiempo. Le conté de nuestra salida al café, de cómo me sentí a gusto con ella en el parque y de nuestra forma de comunicar.
Llegue a casa como a las cuatro con treinta, me cambie muy rápido y salí a buscarla en el parque donde habíamos quedado días antes. En el autobús me puse tan nervioso como solía ponerme antes como cuando era un chiquillo y me gustaba, esa sensación me gustaba. Llegue y ahí estaba, sentada en la banca, mirando la pileta.
“Y yo te dije que nunca había visto, unos ojos tan hermosos como los tuyos.
Mientras el cielo se tornaba cada vez mas gris, en nuestra tarde de verano.
Y tu solo me mirabas y yo solo te sonreía, como si tan solo el gesto de hacerlo hubiera sido innato,
como si lo supiera de memoria, como si hubiera nacido ya sabiéndolo.”
“Más tarde me invitaste helado y conversamos, como solemos hacerlo.
Y nadie podrá borrarme esos gestos que con los labios hacías,
mientras comías helado de lúcuma y vainilla
ni tu tacto de seda enredándose entre mis dedos
ni la piedra de tus uñas,
ni tu tibio aliento,
ni tu alegre mirada”
“Ni la manera que tuviste de acercar por vez primera, tus labios a los míos...”
-Se hace tarde- me dijo mirando con tristeza su reloj
-Bésame más- Le dije mientras enredaba sus dedos a los míos
-No me quiero ir... no te quiero dejar...
-Ya no te puedes ir. A tu lado estoy-